15 de marzo de 2009

Ana Clavel

Foto cargada por aknacer.

La Espalda

Arco iris trasmontanos



A este hombre le gustan las nubes límpidas y los cielos azules. Corre en las mañanas en el parque que está a espaldas de su casa; no fuma, se duerme temprano. Es un hombre saludable.

Llega a mi casa montado en una sonrisa. Se preocupa por mis días y mis noches -si avanzo en mi trabajo, si duermo bien a pesar de la luna llena-. Es un hombre atento.

En sus labios radiofónicos, toda mujer es por principio de cuentas "una dama". No me pregunta "¿quieres algo?" sino que opta por un refinado "¿gustas esto otro?". Le agrada sentirse un hombre educado.

Adora los buenos modales, las actitudes positivas, la música clásica más melodiosa, las mujeres que saben servir una mesa -como soy maleducada, neurótica, prefiero a Bowie y P.J. Harvey y puedo ser la menos bendita entre todas las mujeres, supongo que también ha desarrollado un gusto por las excepciones-. Eso sí, ama a ultranza y a trasmano y transmontadamente los arco iris -a pesar de que el día que nos conocimos, yo le advirtiese: "Ningún arco iris es del todo inocente. Míralos ahora haciéndole guiños a la diversidad gay...Aunque, claro,reconocí, todos lo somos un poco"-. Es un hombre tolerante.

Bastan una cuantas cosas para hacerlo feliz. Ya lo dije: nubes límpidas, cielos azules -aunque en esta ciudad sean escasos-, noches estrelladas, un poco de lluvia fresca, la sonrisa casi imposible de una vendedora de boletos del metro. Es un hombre bienintencionado.

Casi siempre que camina a mi lado no le cuesta mayor esfuerzo adaptarse a mi ritmo: lo mismo si me agito entre centellas hormonales que si me acuno con el viento. Puede conversar con mi madre y terminar dándole la razón sin hacerme sentir traicionada. Es un hombre razonable.

Por supuesto, sabe que me gusta un poco de violencia cuando hacemos el amor y me fuerza sólo hasta el límite de hacerme creer lo que yo quiera. Para qué negarlo, sin aspavientos, es un buen amante. Tiene un cuerpo delgado pero vigoroso. Si lo contemplo desnudo por atrás, sentado en el borde de mi cama, la doble luna de sus nalgas llenísimas de donde emerge, descomunal, la envergadura de su espalda, me provoca fantasías sin aliento. Entonces estiro los abrazo con la fascinación de poseer por fin todo lo que me hace falta. En ese sentido, pero también en otros, es de pies a cabeza un hombre fálico. Su tuviera que mandarlo hacer a la medida,sería exactamente así: siempre desnudo y visto de espaldas: enhiesto depositario de mi deseo.

También es cierto que casi bostezo cuando enhebro nuestros días de nubes sosegadas y cielos aborregados, cuando la melancolía lo invade y su mirada aúlla verdes prados más allá de la montaña mágica. Su tristeza suele ser en esos momentos rumorosa. Sentados en la terraza a la que da su estudio, con un té de menta entre las manos, nos miramos resignados, sabiendo que cada uno ha sobrevivido al otro, sin invasiones ni tormentas excesivas.

Entonces, de súbito, un par de palomas se posan juntas en la reja que nos separa en la calle. Él las observa sin pestañear. En sus labios aflora, encarnada, violeta, subida de tono, una obscenidad sobre la amatoria anal de las aves. Una pareja de novios se detiene al otro lado de la reja y entonces surge, cantarina, otra vulgaridad. No se ha movido ni un milímetro: ahí están su sonrisa educada, su tono radiofónico, su aire comprensivo. De todos modos sigue siendo un hombre sutil.

Me agrada la familiaridad, la manera en que me confía esos pensamientos sucios y me hace cómplice. Ajá. Pero una vez que el asunto empieza, el mundo y su gente, los animales y las flores, los artefactos y las cosas, el universo entero se convierte en ensamblaje de un gran orgasmo estelar. Todo entra y sale, aceitoso, en una mecánica febril. Y él consigna los apareamientos, el acoplarse y embonar de cuerpos y objetos de un modo tan suave, tan entusiasta, tan educadamente. No puedo evitar un cierto grado de consternación y sonrojarme. Entonces me confía: entre sus amigos -cuando se sienten solos y sin riesgo-, después de contarse mil y un ciento de procacidades y chistes de cantina como los que sólo se atreven a decir los hombres entre ellos, mi hombre de cielos límpidos se lleva el reconocimiento mayor. Con admiración, le dicen ellos: "Tú sí que estás enfermo..." Y me cuenta todo esto con una sonrisa de arco iris, de esas en que se montan los hombres gay y los que no lo son tanto, cuando se sienten plenos.

Es un hombre contento. No puedo ver su sonrisa porque justo ahora acaba de sentarse en el borde de mi cama. Un rayo de luz se cuela por las cortinas e incide como una flecha lúbrica en su espalda. Cualquiera diría que ha descubierto mi facinación por esa parte de su anatomía y que le gusta que lo admire así: erecto, carnoso,vertebral. Yo acaricio ahora la hondonada de su nuca, deslizo la boca por la cadena montañosa que articula el ancho vigor de su espalda y que culmina en el dual de su trasero. Entre mis labios palpita gloriosa su alegría cuando lo escucho suplicar con fervor, dulce, reverencialmente: "No te detengas, paloma emputecida".


Compilación de cuentos: "Un hombre a la medida".

Ana Clavel (Ciudad de México, 1961) Narradora. En 1991 obtuvo el Premio Nacional de Cuento "Gilberto Owen"

4 comentarios:

Iliana Pichardo Urrutia dijo...

guau! qué grande cuento... ¡gracias por compartirlo!
y felicidades por tu blog! saludos...
iliana

Kerenski dijo...

¿Alguien tiene la dirección del blog de Ana Clavel? Hace poco fue a una conferencia en mi escuela, pero he perdido la nota que me dio.

Kerenski dijo...

¿Alguien tiene la dirección del blog de Ana Clavel? Hace poco fue a una conferencia en mi escuela, pero he perdido la nota que me dio.

belit dijo...

Que gran cuento, me encanta su narrativa¡¡¡